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Una tienda para lucir el palmito

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Una tienda para lucir el palmito

En la calle Castellón, 21, de Valencia, está una de las pocas tiendas donde se venden abanicos tradicionales valencianos y de fabricación propia, de todos los modelos y hechuras, pero sobre todo los de cierta gama alta, los de calidad. Es el establecimiento de Abanicos Carbonell, una de las tiendas de donde se puede salir luciendo de verdad el clásico palmito, y con mucha tradición encima, porque tiene casi siglo y medio.
Abanicos Carbonell fue fundada sobre 1860 tras comprar Arturo Carbonell Rubio una vieja fábrica que databa de 1810. Lo cuenta su biznieto, Guillermo Carbonell, actual propietario, que personaliza la cuarta generación de esta firma familiar que ya tiene asegurada la continuidad, porque Paula, su hija, también está en el oficio y además pinta muy bien las telas, los ‘países’, en el argot palmitero.

Al principio, la casa estuvo en la Bajada de San Francisco (inicio actual de la plaza del Ayuntamiento) y hasta 1939 tuvo dos sucursales, en la calle San Vicente y en la Gran Vía, para instalarse definitivamente en la calle Castellón, detrás de la plaza de toros.
En la actualidad, los poquísimos fabricantes de abanicos que quedan en España están en Valencia, pero cada día hay menos. Apenas un 10% de los abanicos que se venden están hechos aquí; la invasión de productos chinos baratos es imparable. Abanicos Carbonell resiste bien porque hay una raigambre de generaciones que se traduce en mucho oficio y calidad y además de vender en su tienda suministran a muchos clientes de toda España y exportan, especialmente a Filipinas y Japón.
Es tanta la pasión de Guillermo Carbonell por el mundo de los abanicos que atesora una valiosísima colección de ejemplares desde el siglo XVIII, que muestra orgulloso, y se ha preocupado de recopilar toda clase de documentación y conocimientos sobre el origen, la historia y los ‘secretos’ de los abanicos, palmitos en valenciano.
Entre las curiosidades más llamativas se encuentra todo lo relacionado con el viejo lenguaje del manejo del abanico para comunicarse los enamorados en tiempos pasados. Ahí detalla Guillermo que «cuando la sociedad no admitía el acercamiento entre hombres y mujeres, se creó un lenguaje de señas con el abanico para poder comunicarse amorosamente a distancia. Así podían preparar sus citas a escondidas o expresar sus deseos, sin hablar y sin que los demás se apercibieran». Existió también «otro lenguaje de letras mucho más complejo, que consistía en indicaciones con el abanico sobre diversas partes de la mano que correspondían con letras determinadas y así formaban palabras y frases». Misterios que valoran mucho los clientes turistas que llegan a la tienda.
Guillermo explica que los abanicos más antiguos datan de 700 años antes de Cristo , en Persia y Egipto, y está documentada su presencia en Valencia en 1492. A partir de ahí se extendió la tradición valenciana. Abanicarse se convirtió en una necesidad para refrescar el rostro y después en un signo de distinción y de comunicación amorosa. Luego también pasó a ser el abanico un apreciado objeto de colección.
Porque, así como se pueden comprar abanicos de plástico a euro, los hay de muy valiosos, hasta de 15.000 euros; son los de varillas y cabezas de nácar y países de seda pintados por artistas de renombre.
La madera más usada para las varillas es la de peral, porque es muy flexible y dulce para trabajarla y además resulta muy agradable al tacto. Los países son de algodón y ahora vuelve a estar de moda la seda pintada a mano, donde se luce Paula. Su padre describe algunas de las tareas de varillajeros, caladores, adornadores, teladoras, plegadoras, puntilleras, lacadores, fondistas., e indica que «es fácil que un abanico pase por mas de veinte manos antes de que llegue a las del cliente». Y de su firma salen unos cien mil al año, para medio mundo.